Imagina que solo puedes ver el 5 % de la habitación en la que te encuentras. El otro 95 % es invisible, pero puedes sentir su presencia. Notas una extraña corriente de aire que empuja los muebles, una fuerza que deforma la luz de la lámpara y que acelera la expansión de las propias paredes. Sabes que algo domina el espacio, pero no tienes ni idea de qué es. Esa habitación es nuestro universo. Y durante décadas, esa ha sido la frustrante realidad de la cosmología moderna.
La ciencia ha construido un modelo increíblemente preciso, el Lambda-CDM, que describe el cosmos a gran escala. Pero este modelo se sostiene sobre dos pilares fantasmales: la materia oscura, que aporta la gravedad extra para que las galaxias no se desintegren, y la energía oscura, la fuerza misteriosa que acelera la expansión del universo. Juntas, constituyen ese 95 % invisible. No las vemos, no interactúan con la luz, pero su firma gravitacional está por todas partes. Hasta ahora, solo podíamos inferir su existencia. La misión Euclid de la Agencia Espacial Europea (ESA) no ha venido a inferir; ha venido a medir, a cartografiar y, con suerte, a desenmascarar.
Lanzado en julio de 2023, este telescopio espacial es mucho más que un ojo potente apuntando al cielo. Es un topógrafo cósmico, una herramienta de una precisión exquisita diseñada con un único y monumental propósito: crear el mapa 3D más grande y preciso del universo jamás concebido. Un mapa que no solo mostrará dónde están las galaxias, sino cómo la tela invisible del cosmos las ha moldeado y distribuido a lo largo de 10.000 millones de años de historia cósmica.
La arquitectura de lo invisible: cómo mide Euclid el 95 % del cosmos
Euclid no puede "ver" directamente la materia oscura ni la energía oscura. Nadie puede. Su genialidad reside en su capacidad para medir sus efectos sobre la materia que sí vemos —los miles de millones de galaxias que salpican el universo— con una sensibilidad sin precedentes. Para ello, la misión Euclid emplea una estrategia dual, atacando el problema desde dos ángulos complementarios.
Piensa en Euclid como un detective cósmico que utiliza dos técnicas forenses principales para reconstruir la escena del crimen del universo.
Técnica 1: La huella de la gravedad en la luz (lentes gravitacionales débiles)
La primera técnica se basa en una de las predicciones más elegantes de Einstein: la masa deforma el tejido del espaciotiempo. La luz, al viajar por este tejido, sigue sus curvaturas. Imagina una gran concentración de masa, como un cúmulo masivo de materia oscura, situada entre nosotros y una galaxia lejana. La gravedad de esa materia oscura actuará como una lente imperfecta, distorsionando sutilmente la imagen de la galaxia que recibimos en la Tierra.
Este efecto, llamado lente gravitacional débil, es extraordinariamente pequeño, imposible de detectar en una sola galaxia. Pero Euclid no observará una, sino miles de millones. Su instrumento de luz visible (VIS) medirá la forma de cada galaxia con una nitidez asombrosa. Al analizar estadísticamente las diminutas y sistemáticas distorsiones en las formas de galaxias en una misma región del cielo, los científicos pueden reconstruir un mapa de toda la masa intermedia, la visible y, crucialmente, la oscura. Por primera vez, no solo sabremos que está ahí, sino dónde está y cómo se distribuye. Euclid está, literalmente, dibujando el andamiaje invisible que sostiene el universo.
Técnica 2: El eco del Big Bang (oscilaciones acústicas de bariones)
La segunda técnica se enfoca en la energía oscura, la fuerza repulsiva que acelera la expansión cósmica. Para medir su impacto, necesitas una "regla estándar", una distancia conocida que puedas usar para medir la expansión del universo en diferentes momentos de su historia.
Aquí es donde entra en juego el instrumento de infrarrojo cercano de Euclid (NISP). Su trabajo es medir con precisión la distancia a miles de millones de galaxias. Lo hace analizando su "desplazamiento al rojo" (redshift), que nos dice cuán rápido se alejan de nosotros. Al combinar la posición 3D de estas galaxias, Euclid puede detectar un patrón sutil en su distribución: una especie de eco fósil del universo primitivo.
Este patrón se conoce como oscilaciones acústicas de bariones (BAO). En los primeros 380.000 años tras el Big Bang, el universo era una sopa densa y caliente de partículas. Las ondas de sonido que se propagaban en esta sopa primordial dejaron una "escala de distancia preferida" en la distribución de la materia. Hoy, miles de millones de años después, las galaxias tienen una ligera tendencia a agruparse a una distancia característica de unos 500 millones de años luz entre sí. Esta distancia es la "regla estándar" que los cosmólogos necesitan. Al medir cómo esta regla parece cambiar a diferentes distancias (y por tanto, en diferentes épocas cósmicas), la misión Euclid puede trazar la historia de la expansión del universo con una precisión sin precedentes y, por extensión, la naturaleza de la energía oscura que la impulsa.
Un mapa para reescribir la física
La combinación de estos dos métodos es lo que hace que la misión Euclid sea tan poderosa. Las lentes gravitacionales trazan el mapa de la gravedad (la materia), mientras que las BAO trazan el mapa de la geometría del universo (la expansión). Al comparar estos dos mapas, los científicos podrán poner a prueba los fundamentos de la cosmología.
¿Se comporta la gravedad a escalas cósmicas tal y como predijo Einstein en su Teoría de la Relatividad General? ¿O necesitamos modificarla? ¿Es la energía oscura una constante cosmológica, una propiedad inherente del vacío, o es algo más dinámico que cambia con el tiempo? Estas son las preguntas que la misión Euclid está diseñada para responder. Sus datos no solo refinarán nuestro conocimiento del universo oscuro; podrían romperlo y obligarnos a construir un nuevo modelo desde cero.
Euclid no es solo un telescopio. Es un experimento de física fundamental del tamaño del cosmos. Su objetivo último es determinar si nuestra comprensión de la gravedad y la energía es completa o si hay una nueva física esperando ser descubierta en la inmensidad del espacio.
A lo largo de sus seis años de misión, Euclid observará un tercio del cielo, produciendo un archivo de datos de una riqueza abrumadora. Más allá de la cosmología, este tesoro permitirá a los astrónomos estudiar la evolución de las galaxias, identificar miles de cuásares lejanos, descubrir galaxias enanas y planetas errantes en nuestra propia Vía Láctea y mucho más. Europa no solo ha enviado un explorador al universo oscuro; ha desplegado un cartógrafo cuyo trabajo definirá el rumbo de la astrofísica durante las próximas décadas.



